Nueva Rosita, Coahuila.
La Mina 6 no solo fue un yacimiento de carbón: llegó a convertirse en una auténtica ciudad subterránea, capaz de mover a cientos de trabajadores, locomotoras, animales de tiro, maquinaria pesada y un sistema de comunicaciones que pocas minas en el mundo podían presumir.
Su magnitud obligó a instalar una central telefónica interna, operada por tres telefonistas que cubrían los tres turnos y atendían 55 líneas destinadas exclusivamente a coordinar la actividad bajo tierra. Para dirigir el movimiento de las locomotoras, la mina contaba con semáforos de luz verde y roja ubicados en puntos estratégicos: el Cañón General Norte, la Salida de Vacíos, la Salida de Locomotoras, el Arrastre Principal y la Boca del 5 Norte.
La operación diaria era un engranaje perfectamente sincronizado.
Un total de 60 muleros movían 225 carros de carbón desde los puntos de extracción hasta los arrastres. De ahí, 60 motoristas transportaban el mineral mediante locomotoras internas. Para su mantenimiento existía la llamada casa redonda, donde laboraban 10 electricistas y 8 mecánicos.
Coordinaban estas áreas personajes muy recordados en la región:
Dimas Farías y Natividad Montemayor, mayordomos de mecánicos.
Fructuoso Nava, mayordomo de electricistas.
En tráfico: Pedro Vázquez (primer turno), Miguel Paredes (segundo) y Benjamín Martínez (tercero).
En su auge, la Mina 6 llegó a operar con más de 500 mineros, entre trabajadores de pica y operadores de máquinas corteras. No obstante, era también una de las minas más peligrosas por su alta presencia de gas grisú, por lo que contaba con 15 ventilaciones que buscaban reducir el riesgo de explosiones.
El descenso de los trabajadores era impresionante:
recorrían 117 metros de profundidad en apenas 55 segundos, viajando en una caleza con capacidad para 21 personas.
A lo largo de los años, la dirección de operaciones estuvo encabezada por ingenieros que dejaron huella: José A. de Silva, José A. de la Fuente, Francisco Hermosilla, Leopoldo García Díaz, Manuel Villaseñor y Jesús Contreras, este último fallecido durante la explosión del 29 de mayo de 1973, uno de los episodios más tristes de la minería en Coahuila.
Finalmente, la Mina 6 cerró definitivamente el 7 de diciembre de 1976, cuando el Ing. Raúl Lozano Estavillo firmó el acta de clausura, marcando el fin de una era que transformó para siempre la identidad de Nueva Rosita y de la Región Carbonífera.
Hoy, la Mina 6 permanece viva en la memoria colectiva como un símbolo de valor, sacrificio y grandeza industrial: una ciudad que existió bajo tierra y que aún resuena en el recuerdo de quienes la vivieron.
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Información tomada de las redes sociales del señor Clodomiro Farías
